Me duele tanto mirarte y saber que no vas a estar más ahí, que cada vez que vuelva a casa no voy a sonreír con sólo entrar por la puerta. Es el doble filo de la fotografía, me permite recordarte y recorrerte a la vez que me hace notar tu ausencia.
Siendo tan grande como era tu poder reconfortante, ahora que no estás, cuando caigo en una espiral de agonía no puedo hallar el confort, sobre todo cuando lo que me falta eres tú.
A pesar de todo no puedo dejar de pensar que estás detrás de todo lo bueno que llega a mí, que te escondes en las pequeñas cosas del cada día, en las sonrisas inexplicables, en las resoluciones, en los besos y abrazos, en mis ojos vidriosos.
No estás para que pueda olerte, hundirme en tu calidez, ni para sorprenderte ante las nuevas experiencias que llevo a cabo, pero te imagino cada vez. Hay mil anécdotas que me evitan olvidarte. Ya no podré leerte, ni enseñarte canciones, ni cantarte, ni insistirte, ni reírme de cada una de tus ocurrencias, no estás para hacerlo conmigo así que tendré que hacerlo por dos.
Parece un mundo cuando te has pasas toda la vida junto a ti, cuando no recuerdas más allá de los momentos en los que apareces. Cuando luchas por no dejarte llevar e intentas no desear que hubiera más para avanzar y no dejar de lado las posibilidades futuras, para no volver a arrepentirse. Así que procuro ocupar mi mente, aunque sea haciéndola no pensar, la ocupo por ti, para que en vez de llevarte parte de mi contigo, tú te quedes aquí conmigo.
Siempre sabrás que te querré, como yo así lo sentí de ti, sin necesidad de palabras, tus ojos siempre lo dijeron todo.